Crónica: así es como Intel crea los chips que hacen funcionar tu computadora

Kiryat Gat, Israel – “Para crear nueva tecnología es necesario levantar nuevas fábricas”. Esa idea está clara en la mente de Daniel Benatar, cogerente general de manufactura mundial de semiconductores de Intel, empresa que abrió sus puertas a periodistas de todo el mundo para mostrar sus procesos de fabricación y validación de chips, incluso de aquellos que están próximos a ver la luz del mundo. La Fab28 se encuentra en Kiryat Gat, Israel, a unos 45 minutos de Tel Aviv y es el lugar donde Intel está produciendo su nueva familia de procesadores, a pesar del panorama gris que vive la industria, mismo al que la empresa está respondiendo con inversión para seguir produciendo y mantenerse como uno de los jugadores más importantes del mercado. Durante este año, la empresa ha anunciado grandes inyecciones de capital alrededor del mundo. Ohio, por ejemplo, tendrá una inversión de 20,000 millones de dólares, mientras que en Europa la compañía gastará 36,000 millones en la producción de chips; sin embargo, esto forma parte de un plan de varios años en el cual también se ha visto beneficiado Israel. Y es que los planes de Intel para extender la Fab28 datan de 2018, cuando la empresa anunció una inversión que suma 10,000 millones de dólares para levantar una nueva fábrica -la Fab38- y duplicar las capacidades de su personal en la producción de chips.

Otra parte vital de la estrategia de Intel es que la expansión de sus fábricas no tiene el único objetivo de beneficiar la producción de sus propios componentes, sino también ayudar a empresas externas a fabricar sus productos.

Pulcritud, un elemento inapelable en la fabricación de chips Cuando se habla de chips, los nanómetros son una medida demasiado importante para los entusiastas, pero ni siquiera ellos pueden dimensionar que en ese tamaño tan diminuto incluso pueden entrar elementos contaminantes microscópicos que echarían a la basura cientos de pasos en el proceso de manufactura. En Intel, para garantizar la pulcritud de sus procesos, cuentan con el “Cuarto Limpio”, un lugar reservado que suele ser menos accesible que la propia fábrica. La primera impresión al entrar ahí es la de un hospital inmaculado con una serie de bancos para sentarse mientras los expertos explican cómo deben utilizarse las ropas especiales del lugar, cuyo tamaño es de cuatro campos de fútbol americano. Para utilizar el traje primero es necesario usar unos guantes de algodón para evitar transmitir contaminación de las manos hacia el laboratorio, mientras que el traje es similar al que se ve en las películas cuando alguien maneja elementos químicos: un gorro que cubre desde la cabeza hasta el cuello, un mono y un par de botas que sellan el equipamiento desde abajo.

Al entrar, las luces amarillas -cuyo espectro no afecta al proceso de litografía- contrastan con el blanco de miles de máquinas distribuidas en la parte superior del cuarto una a lado de la otra, las cuales se encargan de transportar las obleas de silicio en una ruta perpetua en donde cada una sabe qué debe hacer y ninguna obstaculiza a las demás, pues mantienen el ritmo como si fueran parte una orquesta perfectamente afinada. Dichas obleas son el punto de partida en la creación de los microprocesadores. Para llegar a ellas, primero se funde arena y esta se convierte en un lingote de silicio, mismo que se corta en discos de apenas un milímetro de grosor, los cuales se pulen hasta conseguir una circunferencia de 300 milímetros de diámetro. Sobre esa superficie es donde otros robots de Intel llevan a cabo el proceso de litografía. Si en el paso anterior las máquinas estaban afinadas, en este se muestra una coordinación casi artística, pues una luz ultravioleta se proyecta en la base fotosensible de las obleas para determinar el tamaño de los transistores y crear la microarquitectura de los procesadores. Todos estos pasos se repiten una y otra vez en las miles de máquinas que hay en la habitación a un tempo allegro y sin interrupciones. Si la producción se detiene por falta de componentes (como la crisis derivada del último par de años) o hay algún error, la fábrica podría registrar pérdidas millonarias.

Los humanos siguen siendo los héroes en un mundo de máquinas Aunque parece un proceso totalmente automatizado, la realidad es que un equipo de personas está detrás de la tecnología y supervisa su funcionamiento a cabalidad. En caso de que haya un error en medio de la madrugada, mientras los robots siguen funcionando, alguien debe alertar para solucionarlo. Esa es la labor del Centro de Operaciones Remoto (ROC, por sus siglas en inglés). Sus integrantes lo llaman “el corazón” de la fábrica, pero más bien funge el papel del cerebro que reacciona ante los peligros. “Ellos son mis héroes”, comenta Benatar, y es que entienden los procesos de las herramientas de forma remota, a través de información que reciben en sus computadoras, bajo el objetivo de que las máquinas, cuyos costos oscilan entre los 30 y 40 millones de dólares, se mantengan productivas la mayor parte del tiempo. Por otra parte, el hecho de tener cientos de máquinas de apariencia similar puede resultar un problema cuando necesiten un mantenimiento físico. Para ello, Intel generó dos soluciones. La primera es algo sencillo: identificar cada robot con el símbolo de un animal y número para saber qué hacen exactamente.

La segunda implica una mayor relación de tecnología, pues se trata de emplear Realidad Aumentada a través de los Hololens, de Microsoft, para reparar las máquinas. Cuando alguna de ellas tiene una avería, los especialistas acuden a una guía virtual donde se les explica qué hacer, cómo hacerlo, los materiales que van a requerir para dicha tarea e incluso el lugar donde están guardados.

La validación también sucede en Israel Israel es uno de los mercados más importantes de Intel a nivel mundial. En este país no sólo han levantado fábricas, sino también centros de desarrollo (Intel Developments Centre, IDC), como el de Haifa, que es donde los procesadores de la empresa cobran vida y son sometidos a una diversidad de pruebas para llegar a los usuarios con el mejor rendimiento posible. Entre algunas de las examinaciones que se realizan se encuentran las funciones, es decir, aquellas en las que cada procesador ejecuta miles de pruebas para analizar si responde correctamente a las instrucciones para las que fue programado. Cabe mencionar que todos y cada uno de los procesadores se someten a pruebas para identificar errores individuales o de grupos más grandes. Y aunque parecería que la gente en esta fábrica no se da abasto para cumplir con los procesos de fabricación, los equipos de Israel han sido reconocidos entre todos los demás a nivel global y actualmente cuentan con más de 14,000 empleados. “Somos lo que somos, gracias a la gente que trabaja aquí”, concluye Benatar.

]]>

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Generated by Feedzy